Relatos

ABRIR LAS VENTANAS

Hacía años que olía a podrido en su casa y María ya ni siquiera se molestaba en disimular la peste. Se resignó a la acidez del ambiente, masticaba el amargor desde que abría los ojos por la mañana hasta que se acostaba por la noche. No había día que la descomposición no le golpeara donde más dolía. Tenía su sombra marcada en la piel, pesada, asfixiante, como una plaga de ácaros sobre paredes y moqueta. 

No había día que la descomposición no le golpeara donde más dolía.

María arrastraba los pies por la casa por miedo a avivar las partículas que reposaban en todas las superficies, aturdida, conteniendo la náusea con cada respiración. Vivía rodeada por una acritud que se había apoderado de todo lo que ella fue. Sus días transcurrían sin lamentos, sin esperanza. No iba a cambiar ahora por un hedor que ya formaba parte de su ser. 

Hasta aquel último impacto que le despejó la pituitaria y despertó sus sentidos. En un impulso abrió las ventanas, aireó la casa y gritó a los cuatro vientos que no podía más, que necesitaba ayuda. Cuando la policía se llevó detenido a Manuel, tan solo pidió que dejaran la puerta y el balcón abiertos para que la corriente atrajera el olor a hierba mojada, las risas de la calle, la luz de la primavera.

Nunca más volvería a cerrar las ventanas.

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