Fermín Santos era un tipo bajito, cerca de los cincuenta, con el pelo siempre engominado y muy pulcro en el vestir. Caminaba altivo y concentrado, con zancadas cortas y al compás de un pasodoble figurado.

Todas las tardes hacía su paseíllo para entrar en el bar de Gerardo. Al llegar a la puerta simulaba saludar con la montera a la afición y el público aplaudía sumiso su prepotencia. Entraba y se encaramaba en un taburete, mirando el coso desde la barrera.
Cuando tomaba más cañas de la cuenta, su gallardía torera se calentaba y, con palabras ebrias, retaba a salir fuera al que tuviera bemoles para enfrentarle. En su pequeño tamaño concentraba una valentía de postín.
Pero ese día no midió bien sus embistes y de los hombros comenzaron a salir unas plumas coberteras negras. Según subía el tono desafiante, su voz desafinaba como una corneta. Hasta que del final de la espalda asomó un plumero de grandes hoces rojas, a la vez que se encogían sus piernas y de los tobillos nacieron unos espolones.

Remató el embate con un sonoro quiquiriquí y una cresta coronó su actitud pendenciera. Se revolvía en sus plumas, cacareaba con frenesí, amenazando a los parroquianos con picotazos salvajes. No les quedó más remedio que meterlo en la cazuela para hacerlo callar.
En el menú del día, caldo de gallina vieja.