Relatos

IORANA HOA

Esta es una historia1 pequeña de un viaje que no empezaba con muchos ánimos y que, sin embargo, resultó toda una liberación. Partíamos de Buenos Aires, la ciudad donde una vez creí ser feliz con él, adonde regresaba con el corazón roto y una vértebra desplazada, como secuela de la impotencia por el abandono. Mi espalda apuntalada dentro de un corsé ortopédico no soportaría ni un pequeño paseo turístico. Pero me negaba a rendirme ante la debilidad, y elegí seguir adelante con el viaje que meses atrás planeamos juntos. Cambiaban la compañía – mi hermana ejercía ahora de caballo de tiro – y el itinerario, que evitaba al máximo coincidir con él. Lo que no cambió fue la ilusión por cruzar el océano y recorrer de costa a costa el Cono Sur americano. 

Fueron dos semanas de otoño austral, parando escasos días, incluso horas, en lugares que nos eran familiares por historias leídas o escuchadas y viajes envidiados. La base la establecimos en Buenos Aires y desde allí viajamos a Uruguay, Brasil y Chile. Nos desplazamos en avión, en barco y en coche. Nada en manos de la improvisación, pero con muchas reservas pendientes y confiando en la disponibilidad de todo lo previsto.

Aguanté físicamente todo lo recorrido en los primeros diez días de viaje. Me derrumbé emocionalmente algunas noches y mi hermana me animó como sólo puede hacer alguien que ha compartido tu vida entera. Llené mi retina con los paisajes espectaculares de Iguazú y los rincones cubiertos de vida de Isla Negra. Finalmente llegamos al punto más mágico que hubiéramos podido imaginar: Isla de Pascua.

Aterrizamos en un pequeño aeródromo donde nos recibieron con un precioso collar de flores y unas palabras que escucharíamos en múltiples ocasiones los próximos días: “Iorana hoa” (“Bienvenido, amigo”). Esa hospitalidad me recargó la energía que iba a necesitar para recorrer los cráteres y las laderas de los Rapa Nui. La isla era diferente a cualquier destino que pudiera conocer: el aire era más puro, los hombres más guapos, las mujeres más atractivas, los campos más verdes. Había estado lloviendo sin cesar y las nubes dieron paso a un cielo limpio y brillante. Por la noche ese mismo cielo aparecía cuajado de estrellas refulgentes, que iluminaban los sueños más angustiosos. 

Quizás fuera la sensación de llegar a una tierra poco explotada, donde los grandes resorts aún no habían hecho su aparición. Todo tenía un punto salvaje. Tanto era así, que no sólo había perros felices paseando a sus anchas por las calzadas y los campos, sino que los caballos pastaban libremente en el terreno que ocupaba nuestro hotel o en el cementerio de la ciudad, al borde mismo del mar.

Hanga Roa, la única “ciudad” habitada y medianamente urbanizada, constaba de unas cuantas manzanas de casas bajas y pequeños edificios de no más de tres plantas, en los que lo mismo encontrabas la terraza de un restaurante casi improvisado, un pequeño bazar o la oficina de Correos. La gente era seria pero cortés, con una vida aparentemente tranquila de día, algo más animada y viva de noche.

Teníamos tres días para conocer la isla y necesitábamos un guía. Por suerte, dimos con Patricio, un hombre cerca de los sesenta, más parecido a Ricardo Darín que a un miembro de la tribu ancestral de los Orejas Largas. Nos condujo en su furgoneta Volkswagen Transporter por todos los caminos de la isla y nos explicó cada detalle, cada historia transmitida de padres a hijos sobre el origen de las tribus nativas y los misterios en torno a los moais, esas enigmáticas esculturas de tamaño descomunal que nos dejaban absortas. Toda la historia acerca de su creación, su transporte, el significado que se les atribuía o la devastación que provocaron era apasionante. Escucharlo de boca de Patricio, con esa cadencia sureña y esa cultura adquirida por tradición, te transportaba a una época en que los hombres luchaban a muerte por su honor y por sus creencias, cuando se consideraban “el ombligo del mundo” (te pito o te henua).

Pudimos bucear en las aguas intensas del Pacífico, con esas paredes de coral abisales. Compartimos la emoción de los feligreses en una misa en idioma rapa nui el Domingo de Pascua. Asistimos incrédulas a un espectáculo de baile tradicional, imaginando que sería algo tan turístico como un tablao flamenco en Tokyo. Sin embargo, descubrimos la representación de las historias que nos había narrado nuestro guía, interpretadas por unos bailarines de cuerpos firmes profusamente tatuados, con movimientos sinuosamente rotundos y ritmos de percusión envolvente. No pudimos remediarlo, nos habíamos quedado fascinadas por todo lo contemplado y visitado, y decidimos llevarnos un recuerdo permanente de aquellos días: un pequeño tatuaje en el tobillo de cada una. 

Nos despedimos de Isla de Pascua conmovidas por un collar de conchas, símbolo de amistad, con el que Patricio nos obsequió, y nos enseñó algunas palabras de su lengua original, como mana, una fuerza sobrenatural para ellos que transporta a los moais y mueve corazones. Para nosotras representaba la buena suerte que acompañó nuestro periplo sudamericano y la energía que permitió que mis dolores de alma y de cuerpo quedaran ahogados en sus volcanes reverdecidos. 

  1. Relato publicado en la antología del VII Premio Internacional de Relatos de Mujeres Viajeras (2015, Ediciones Casiopea) ↩︎

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